Al otro lado del espejo

Nuestra capacidad para caminar con los zapatos de otra persona es una habilidad, una fortaleza. Es un súper poder que, como todos, conlleva una gran responsabilidad.

Una persona empática comunica -sin duda- mucho mejor que una que no lo es.

Las neuronas espejo se ponen en marcha cuando imitamos una acción que estamos observando en otra persona. Pero hacen mucho más que eso: nos permiten desarrollar nuestra solidaridad, aprender -mediante la imitación- nuevas habilidades y nos ayudan a hacer nuestras las emociones del otro. Es decir, son la base de la empatía.

Y, ¿cómo se comportan las personas empáticas?. Así:

– No les importa mostrar sentimientos de compasión para quien lo necesita

– Sienten interés y afecto por los demás

– Son confiadas y respetuosas

– Saben escuchar

– Tienen conciencia social sobre las necesidades de los demás

Todas estas habilidades les hacen sin duda tener la capacidad de comunicar su mensaje, ya que saben -o se preocupan por saber- de antemano a qué audiencia se dirigen y cuál es su contexto social, económico y psicológico.

Belén Gopegui describe en su novela “Tocarnos la cara” cómo afecta a un grupo de alumnos de teatro experimental el proyecto que les propone su profesor: convertirse en espejo del espectador, devolverle su propio reflejo.

Sin embargo,  se produce un hecho curioso: las personas que tienen una responsabilidad -económica, política, social…- y que harían bien en no descuidar la atención a su instinto, el contacto con la realidad, los problemas de los demás, sin darse cuenta suelen acabar rodeados de un equipo que ejerce de parapeto y que, con la excusa de protegerlo, acaba aislándolas. Ahí es donde está el problema: cuando a esas personas se les dificulta desarrollar una auténtica empatía, es difícil que puedan captar la realidad social y mostrar sensibilidad, puesto que se les dificulta la comprensión de las necesidades del resto de las personas.

El famoso “Síndrome de la Moncloa” es un buen ejemplo: una vez pasado un tiempo prudencial, un presidente del gobierno comienza a aislarse, a escuchar sólo a aquellos que le regalan los oídos y a hacer el vacío a quien le dice las cosas tal y como son. Les pasa a todos. Y es el principio del fin. Cuando ya no son capaces de mirarse en un espejo plano, sino en uno cóncavo o convexo, según convenga, se acabó. Si no hay empatía, ¿cómo solucionar el más nimio de los problemas que se les plantee?.

 

 

 

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